ZONA XVII

los cien lenguajes del niño

Hace ya más de un mes la Secretaría de Educación y Deporte del estado de Chihuahua en coordinación con la máxima casa de estudios la UNAM, convocó a participar en una serie de diplomados, de los cuales decidí tomar el de “Coaching para Actores Educativos. Fortalecimiento de Habilidades Socioemo-cionales”. En el tema diseño de estrategias creativas era necesario conocer el lenguaje que hablan los alumnos en la institución para mantener una comunicación asertiva, comenzando con el análisis del siguiente pensamiento del Educador y Filósofo Italiano Loris Malaguzzi, quien dio origen a la Filosofía Reggio Emilia; cuya base es la pedagogía de la escucha. Espero y les agrade tanto como a mí.


Profra. Betsabé de los Santos Rubio (Técnica 48)


LA GRAN SONRISA DE KEVIN

Profra. Lucina V. Solorio M. (Técnica 91)

Era el primer día de escuela, me presenté con el grupo y les di la bienvenida, luego les puse una dinámica para romper los nervios.

El segundo día les hablé sobre la sana convivencia, decido leerles un cuento en el que ciertos niños molestan a otro, o “le hacen bullying” como dirían ellos. El cuento se titulaba “Artuditus” de la autora Carla Solís. Al terminarlo, se me acercó un niño con la mirada fija hacia un lado, incapaz de voltear a verme de frente. Muy arreglado, su cabello perfectamente acicalado y con el uniforme impecable. Siento algo de incomodidad pues el niño se acerca mucho, es más hasta se recarga sobre mi mano derecha; es una acción extraña y más para ser la primer semana de clases. Se aproxima un poco más todavía hasta llegar a mi oído y me dice:

–oye, ese niño de tu cuento es como yo.

Le contesto: –no te entiendo.

–Artuditus es un niño autista, como yo. Le sonreí y él no mostró ninguna expresión facial, al momento se acomodó en su banca.

Sentí mucho temor por mi incompetencia al saber que tendría un niño con esas características. Al llegar a casa de inmediato me puse a investigar sobre el autismo.

Encontré que decía: los niños autistas viven en su propio mundo.

Me puse más nerviosa aún, pues me cuestioné cómo le enseñaría a un niño que vive en su propio mundo. Llena de temores decidí primero observarlo y tomar apuntes sobre su comportamiento.

Mis apuntes eran más o menos así:

-Kevin nunca me ve de frente, jamás cruza la mirada con nadie.

-Kevin se concentra en sus tareas.

-Kevin siempre cumple con sus trabajos, incluso termina antes que los demás compañeros.

-No socializa prácticamente con nadie, lo molestan los compañeros y mejor los evita.

-Kevin es muy compartido, presta su material a quien lo necesita.

-Cada mañana me trae al escritorio una galleta de canela (supongo que serán sus favoritas) totalmente triturada, tanto, que las saca del empaque poco a poco y trata de armar cada pedacito hasta que le digo:

–así está bien Kevin, gracias. De inmediato deja de hacerlo y se retira a su banca.

-A veces se acerca y me dice:

–oye, hoy no te daré galleta, tengo hambre. Primero le sonrío y enseguida pongo una cara triste. Casi puedo ver que sonríe también, pero sus gestos son tan imperceptibles que pienso que es producto de mi imaginación.

Tomé apuntes sobre su conducta durante 3 semanas de clase, dejé de hacerlo pues esos nervios que tenía al principio se acabaron, en su lugar empecé a sentir mucha confianza y un afecto muy especial por Kevin, analizaba mis apuntes y nunca encontré una conducta violenta ni extraña, entonces sentí que nosotros éramos los extraños, pues él todo lo hacía bien, se esforzaba mucho en sus trabajos, le gustaba compartir materiales, no peleaba con nadie y si algo no entendía yo sabía que se acercaría a mí, de hecho demasiado, pero, ahora no me molestaba, solo le decía –Kevin retírate un poco. y daba un paso atrás.

Llegaba de pronto y me decía al oído –oye, no te entiendo nada. Y por supuesto había que explicarle de nuevo.

Otras veces se cansaba de las molestias de los compañeros y se acercaba a decirme: –ese niño me está molestando, le hace como yo, voltea a mirar de lado, sé que lo hace arremedándome. Luego yo regañaba al burlón y Kevin dejaba ver una casi imperceptible mueca de satisfacción.

Aprendí a conocerlo tanto, observaba muy detenidamente sus mínimos movimientos gestuales, él hablaba poco y por medio de la observación sabía el motivo de sus expresiones; cuando estaba cansado, se dirigía al escritorio y me decía: –hoy no haré nada, estoy cansado. Lo convencía rápidamente cuando le decía: –está bien, pero tendrás doble trabajo en casa.

Llegó el día, ¡el gran día! Kevin hizo un trabajo muy extraño, nada que ver con la instrucción que les había dado, levanté mi voz y le dije: –¡Kevin, tu trabajo es un perfecto desorden! entonces él se estremeció porque le sorprendió mi grito y volteó a verme digamos que con una cara entre asustado y avergonzado, volteó a verme es un decir porque sólo volteó frente a mí su rostro, más no su mirada. Y entonces sucedió ¡pude hacerlo sonreír! Luego me emocioné tanto que lo anuncié al grupo–: ¡Kevin sonrió! Kevin esta sonriendo! Y vuelve a hacerlo, pero ahora su sonrisa fue un poco más visible. Todo el grupo le aplaudió y hasta algunos lo abrasaban, uno lo tomó por la cintura y lo levantó y le decía –¡ese Kevin!

Para todos era motivo de felicidad el ver su sonrisa. Él se veía emocionado y estaba contento, pero era muy extraño porque su rostro no lo mostraba, pero esa emoción todo el grupo la sentíamos.

He aprendido a entender sus silencios, su mirada tímida, su excesiva cercanía, su voz apenas audible. Algunas veces que le estoy explicando volteo rápidamente y por una fracción de segundos logro hacer contacto visual con él, pero de inmediato pone su mirada de lado.

Un día de esos pocos, muy pocos en que andaba especialmente platicador me dijo:

–oye ¿Te das cuenta que soy un niño diferente? Simulé y le contesté con otra pregunta: –¿por qué diferente?

Me dijo: –porque soy un niño autista, tú no lo notas porque eres buena conmigo, pero ellos (se dirigía a sus compañeros), son malos y de inmediato saben que soy diferente. Mi mamá dice que es muy bueno que sea diferente. ¿Sabes lo que es diferente maestra?

Le respondí: –no lo sé Kevin ilústrame con tu gran conocimiento. – ¡Ay maestra! ¿quieres que te pinte? Le sonreí y el prosiguió: –Diferente, porque soy más inteligente que los demás. Luego me toma una mano y me da un ligero jalón y me dice al oído: – pero no digas nada porque si ellos lo saben se enojan.

AULAS VIRTUALES

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PROFRA. ANA LAURA RIVAS ROMO (TÉCNICA 82)
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PROFRA. ANA LUISA CRUZ RAMOS (TÉCNICA 30)
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PROFRA. BETSABÉ DE LOS SANTOS RUBIO (TÉCNICA 48)
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PROFRA. VERÓNICA JURADO MIJARES (TÉCNICA 48)